De Los videos producidos por Jano Comunicación Alternativa A.C. Aquí está la serie: “La democracia fallida”

La democracia fallida: La sombra del partido

La democracia fallida: 1988 inicio de la transición política mexicana

La democracia fallida: 1994 el año que vivimos en peligro

La democracia fallida: 1994 -Juego de trampas elecciones y reformas en Querétaro

La democracia fallida: 1997 las encrucijadas del cambio en Querétaro

La democracia fallida: 1997 los saldos de la alternancia

La democracia fallida: Elecciones 2000 consumación y crisis de la alternancia en México

La democracia fallida: La debacle del PRI en Querétaro

La democracia fallida: El fracaso de la izquierda en Querétaro

 

Cápsula sobre la Fundación de la Universidad Autónoma de Querétaro, Producción de Jano Comunicación Alternativa A.C.

 

La Manera como vivió el Estado de Querétaro el inicio del siglo XIX

En el siglo XIX existía un profundo malestar entre los criollos y demás nacidos de México, tanto por las leyes restrictivas de la industria nacional, dictadas en favor de la metrópoli, como por las preferencias dadas a los españoles europeos sobre los americanas en la provisión de los cargos eclesiásticos, civiles y militares de mayor categoría. La arrogancia de los primeros y su afectada superioridad herían el orgullo nacional de los criollos, lo cual, aunado al deseo de gobernarse por sí mismos, fue creando un clima favorable a las ideas de independencia, que hallaron su cuna en esta ciudad, entre los hombres más ilustrados de la población. De indudable influencia entre los partidarios de las ideas libertarias fue la visita que hiciera a esta ciudad el virrey José de Iturrigaray en 1803, habiéndose alojado en la casa  del regidor Ignacio de Villaseñor Cervantes, quien fuera posteriormente gran amigo del capitán Allende y un activo conspirador, ligado por el parentesco de su esposa con los hermanos Aldama y por afecto con el corregidor Miguel Domínguez y su esposa Josefa Ortiz de Domínguez. En 1805 el propio virrey suspendió en su empleo al corregidor de  Querétaro por haber sido éste quien redactó la representación del Tribunal de Minería al publicarse  la real cédula de 26 de diciembre de 1804, que ordenaba la enajenación de los bienes de obras  pías. Sin embargo, el monarca español ordenó al virrey que restituyese en su empleo a Domínguez,  lo que hizo después de muchos pretextos y reticencias.

El mismo año de 1805 salió rumbo a México el regimiento de dragones de Querétaro para incorporarse a las fuerzas que organizaba el virrey para la  defensa del puerto de Veracruz, en caso de que fuera atacado por los ingleses; y el propio Iturrigaray publicó un bando, favorable a los operarios, que contó los abusos de los dueños de obrajes de paños y balletas establecidos en esta ciudad. Muchos de estos talleres, durante varios años, surtieron de tejidos de lana al ejército y las poblaciones del interior.

El 30 de julio de 1808 llegó a Querétaro la noticia traída por la fragata Esperanza de la exaltación de Fernando VII al trono de España. El clero secular, las órdenes religiosas, las autoridades, la nobleza de la ciudad y el pueblo solemnizaron este acontecimiento, cada clase en la parte que le correspondía, con repiques a vuelta de esquila, tedeums, misas de gracias, músicas, fuegos artificiales, iluminación pública, tablados y sonetos laudatorios al frente de las casas. El día 13 de octubre el alférez real Pedro Antonio de Septién, llevando el pendón regio, acompañado del corregidor Miguel Domínguez y demás capitulares, y con los señores curas, párrocos y prelados eclesiásticos, dirigió se a la iglesia de la Santa Cruz, en donde se cantó el tedeum, estando descubierto el Santísimo. Concluida esta solemnidad, volvió la comitiva a la Plaza Mayor, donde el alférez proclamó al nuevo soberano. En este acto arrojó al pueblo gran cantidad de monedas de plata y cobre, que ascendieron a la suma de 80 mil pesos, mandadas acuñar especialmente y de su peculio.

Las fiestas se prolongaron durante 4 días y terminaron con un gran baile en el patio de la casa de Cabildo. Ese mismo año, mientras en México era sofocado el intento libertario de Iturrigaray, en  Querétaro fueron denunciados, bajo el velo del anónimo, como adictos a la Independencia, el corregidor Miguel, Domínguez, el regidor Pedro Antonio de Septién Montero y Austri, Mariano Bárcena, el marqués de Rayas y el caballero Fagoaga. (El expediente instruido sobre este proceso se encuentra en el Archivo General de la Nación).

En 1810 Querétaro era el p.rincipal centro de la  conspiración para llevar a cabo la independencia política del país. Bajo el disfraz de sarao s y reuniones literarias, se veían los conspiradores, que en  esta ciudad pasaban ya de 400. A estas reuniones, auspiciadas por la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, concurrían distinguidos queretanos, así como los capitanes Ignacio Allende, Juan Aldama  y los hermanos González. También asistía a ellas,  secretamente, el cura de la parroquia de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, a quien todos los conspiradores reconocían como jefe; a principios de septiembre de 1810 estuvo en Querétaro, invitado por  Allende, y habló con Epigmenio González, a quien instó para que acelerara la fabricación de las armas que se utilizarían en la revolución. Cuando ya se  había fijado la fecha para el levantamiento, varias denuncias pusieron sobre aviso a las autoridades españolas y éstas procedieron rápidamente a sofocar el movimiento, cayendo sobre las casas de los conspiradores para encarcelarlos. El corregidor Domínguez, con el fin de salvar a sus colegas, acompañó personalmente a la fuerza pública en estas diligencias; mientras ejecutaba el cateo de las casas de  los hermanos Epigmenio y Emeterio González, los ponía en prisión y hacía otras pesquisas judiciales,  su esposa Josefa trató de dar aviso alecapitán Allende de la gravedad de la situación. Su recámara estaba sobre la vivienda del alcaide de la cárcel, la cual,  como en varias de las capitales de provincia, se hallaba en los bajos de la casa de gobierno. El alcaide  se llamaba Ignacio Pérez y era uno de los más activos agentes de la conjura. La señal convenida entre él y la corregidora, para comunicarse en cualquier  caso imprevisto, eran tres golpes dados con el pie sobre el techo del cuarto; diéronse, pues, en aqueIla crítica circunstancia, y como el corregidor había  dejado cerrada la puerta del zaguán, a través de ésta: impuso la corregidora a Pérez de las ocurrencias de aquella noche, y le previno buscase persona de confianza que fuera con toda diligencia a San Miguel a informar a Allende de todo. Pérez no confió a nadie la misión y partió él mismo en busca de Allende; no lo encontró en San Miguel, pero sí a Aldama, de modo que juntos pasaron a Dolores en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, en que fue proclamada la Independencia nacional.

Casi a la misma hora en que Hidalgo y sus compañeros daban el grito en Dolores, todos los conjurados estaban ya presos en Querétaro, incluso el corregidor y su esposa, el primero en el convento de la Cruz y la segunda en el de Santa Clara. Poco tiempo después fueron liberados y el corregidor restituido en su empleo. A pesar de ello, Josefa Ortiz de Domínguez siguió siendo activa partidaria de la revolución, que había estallado gracias a la oportunidad de su aviso: se comunicaba en Querétaro con sus adictos y mantenía relaciones con los insurgentes de fuera, dándoles noticias de cuanto ocurría. Las violentas y enérgicas medidas de represión tomadas por el gobierno español para sofocar la insurgencia no pudieron extinguir el fuego revolucionario que desde Querétaro se propagaba hacia todos los rumbos. A causa de las muchas quejas que de ello recibió el virrey, comisionó secretamente al arcediano de la catedral de México, José Mariano Beristáin y Souza, para que hiciese las investigaciones encaminadas a descubrir a los autores de aquella conjura; nunca interrumpida ni sofoca,da, a la que eran favorables muchos de los curas. El canónigo Beristáin informó reservadamente al virrey

“…que había en Querétaro un agente efectivo, declarado e incorregible, que no perdía ocasión ni momento de inspirar odio al rey, a la España, a la causa y determinaciones y providencias justas de gobierno legítimo de este reino, y que éste era la mujer del corregidor”. La calificó de “verdadera Ana Bolena, que había tenido valor para intentar seducir al mismo Beristáin, aunque ingeniosa y cautelosamente”.

Con tales informes el virrey privó de su cargo al corregidor Domínguez y nombró juez de letras al doctor Agustín Lopetedi, encargándole detener a doña María Josefa y remitirla a la Ciudad de México. El proceso y confinamiento de la corregidora dio fin a la agitación que había en Querétaro, ciudad que desde entonces fue fortificada por el gobierno español, de tal manera que nunca pudo ser tomada por los insurgentes.

Una vez proclamado el Plan de Iguala y después de la capitulación de San Juan del Río, Agustín de Iturbide se dirigió a Querétaro, que se encontraba defendida por el brigadier Luaces; estableció su cuartel general en la hacienda del Colorado y puso en estado de Sitio a la ciudad. Luaces contaba con muy reducidas fuerzas para defender la plaza, por lo cual se concentró en el convento de la Santa Cruz, situado en una colina adyacente. En virtud de este movimiento quedó la ciudad abandonada y pudo ocuparla Iturbide sin disparar un tiro. Luaces, que había perdido toda esperanza de recibir refuerzos, celebró las capitulaciones para la rendición y Querétaro pasó a poder de los independentistas el 28 de junio de 1821, dando’ con ello fin a la dominación española que había durado en ese territorio  290 años. Con motivo de las guerras de Independencia, la agricultura y la ganadería queretanas quedaron casi extinguidas y la industria sufrió un rudo golpe al ponerse en vigor los aranceles que gravaron con altos impuestos los productos y manufacturas.

 

Al finalizar 1823, cuando se discutía en el Congreso Constituyente cuáles entidades formarían  parte de la federación mexicana, Querétaro estuvo  a punto de ser eliminado, agregándose su territorio  al de los estados de México y San Luis Potosí; pero  gracias a’la brillante defensa que hizo su representante, el doctor Félix Osores, fue incluido como Estado Libre y Soberano en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1824.

Durante los primeros años de la Independencia,  la ciudad de Querétaro hubo de sufrir las consecuencias de las frecuentes revoluciones y cuartelazos de los inestables gobiernos de la República, habiendo sido escenario de no pocos acontecimientos  de resonancia nacional. En 1848 tocaba a su fin la guerra con Estados Unidos y el gobierno de México deseaba concertar una paz honrosa con su enemigo. Para ese efecto se trasladaron a Querétaro los supremos poderes y en el gran salón de la Academia  de Bellas Artes se discutió el tratado de paz con los norteamericanos, el cual se firmó el 30 de mayo por el ministro de Relaciones Luis de la Rosa y por los representantes de la potencia agresora, Natam Clifford y Ambrose H.Servier. El presidente Manuel de la Peña y Peña lo autorizó en su residencia ubicada en la casa Núm. 2 de la 3a. calle de San Antonio (avenida Hidalgo). Las fuerzas norteamericanas salieron del país y el gobierno nacional quedó en manos de José Joaquín de Herrera. Pronto se sucedieron las revoluciones y cuartelazos; en Querétaro fueron frecuentes los levantamientos, principalmente los encabezados por Tomás Mejía, quien más tarde habría de figurar como uno de los principales jefes militares del partido conservador. El centralismo trajo nuevas inquietudes; y durante las guerras de Reforma y de Intervención, Querétaro sufrió las consecuencias de la más enconada y sangrienta lucha. En esa época se perdieron grandes monumentos y tesoros artísticos de valor inapreciable; muchos de sus templos fueron demolidos hasta sus cimientos; los altares barrocos, arrojados al fuego; las alhajas de oro y plata, fundidas; y los marfiles y piedras preciosas, presas de la rapiña.

En 1867 el emperador Maximiliano concentró en Querétaro un ejército de 9 mil hombres, al que 30 mil republicanos pusieron sitio. Defendían la plaza los mejores generales del ejército imperialista (Miramón, Mejía, Méndez y otros) y dirigían el ataque los más expertos jefes del ejército republicano (Mariano Escobedo, Nicolás Régules, Ramón Corona, Jerónimo Treviño, Vicente Riva Palacio). Se libraron sangrientos combates, como el de Casa Blanca, y brillantes salidas, como la del Cimatario.

El asedio de la plaza duró 3 meses, al cabo de los  cuales los sitiados carecían de municiones y víveres, por lo cual resolvieron hacer una salida y romper el sitio el 16 de mayo, pero el 15 en la madrugada el coronel Miguel López entregó el punto de  la Cruz y cayó la plaza en poder del ejército republicano. Maximiliano logró salir con algunos de los suyos y guarecerse en el Cerro de las Campanas, donde se rindió y entregó su espada al general Mariano Escobedo. Maximiliano, Mirámón y Mejía  fueron juzgados en el Teatro Iturbide (hoy de la  República) y sentenciados a.la pena de muerte. La  ejecución se llevó a cabo el 19 de junio de 1867, a  las 7 de la mañana, en el Cerro de las Campanas.

 

Restablecido el sistema republicano, el presidente Juárez designó al coronel Julio M.Cervantes como gobernador y comandante militar del Estado, posteriormente nombrado gobernador constitucional. Durante su gobierno, adquirió de Cayetano  Rubio, en el precio de $40 mil, la casa que ocupa actualmente el Poder Ejecutivo del Estado, la cual había sido incautada por el general José María Arteaga al licenciado Octaviano Muñoz Ledo, como castigo por haber sido ministro de Relaciones en el gabinete del presidente Miguel Miramón.

El día 21 de diciembre de 1876, en el casco de la hacienda de La Capilla, que se encuentra extramuros de la ciudad, se celebró una conferencia entre el licenciado José María Iglesias, presidente de  la Suprema Corte de Justicia de la Nación que se ostentaba como Presidente de la República alegando la nulidad de la reelección de Sebastián Lerdo de Tejada, y el general Porfirio DÍaz, que aspiraba también a la primera magistratura apoyado por la revolución de Tuxtepec. Aun cuando no se llegó a ningún arreglo, de tal encuentro salió derrotado Iglesias y consolidada la fuerza del caudillo, quien poco tiempo después asumió la Presidencia de la República.